Tal y como se
comentaba en el capítulo anterior, quedaba pendiente preparar el terreno para
que el ejército maloláctico (esas peculiares bacterias o bichitos, como les
dice mi madre) hiciese su entrada triunfal y obrase su posterior
transfiguración en nuestros caldos.
Así lo hicimos
hace unos días. Tras ajustar la hora de inicio de la jornada y con el consabido
café o té (siempre habrá machotes y sibaritas) para empezar la actividad y
durante el cual repasamos mentalmente los planes más inmediatos y también
algunos de futuro más lejano, nos dispusimos a hacer dos tareas fundamentales:
trasiego y limpieza del vino.
Realmente la
tarea era una, los traisegos; pero el objetivo era doble o triple, como ahora
iremos viendo.
Los trasiegos
del vino son los movimientos que se hacen del vino de un depósito a otro, o de
un depósito a una barrica, etc. con el fin de separar los caldos de los
sedimentos que han podido ir decantando con el paso del tiempo y el frío. Lo
que en un momento era una fuente de compuestos positivos, que le conferían al
vino un mayor volumen, sedosidad, estabilidad de color, etc. ahora comienza a ser un
posible foco de reducción y de problemas futuros para nuestros caldos. ¿Por
qué? Pues porque ya aportan poco y consumen mucho (fundamentalmente oxígeno).
Vamos, como un hijo vago en casa.
Es por eso que
hemos ido controlando y catando el vino con asiduidad. No sólo porque nos guste
beber vino (que también, todo hay que reconocerlo), sino que lo que realmente
hacíamos era controlar de cerca su evolución para que hubiese tomado todos los
aportes buenos de esos sedimentos (que se suelen llamar lías finas y que son básicamente
trozos de levaduras) y para evitar que comenzase a quedarse
sin oxígeno disuelto y empezase a mostrar aromas a reducción.
De hecho, la
segunda utilidad de los trasiegos es precisamente la de oxigenar el vino. Por estas épocas,
los vinos (sobre todo los que reposan en depósitos más estancos, como por
ejemplo, de acero inoxidable) tienden a tener un cierto déficit de oxígeno, ya
que durante todo este tiempo lo han ido consumiendo para los distintos procesos
que se han ido dando en él y no ha habido posibilidad de enterada. ¿Recordáis lo que hablábamos hace dos capítulos
sobre el papel del oxígeno en la combinación de taninos y antocianos?
Pues todo eso,
unido al consumo de oxígeno que hemos comentado que tienen esas lías finas, hacen que lleguemos a
un punto en que el vino necesita “respirar” un poquito para poder seguir estable,
vivo y fuerte.
Así que ya
tenemos dos utilidades para el trasiego y una justificación para la cata
constante y continua de nuestro vino. No va mal, ¿no?
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| Alguno pensaba que aún no estaba llena. |
Pero como
además de las reacciones propias e intrínsecas del vino, hemos logrado disponer de unas
fenomenales barricas (gracias a las geniales gestiones del Míster, Enrique Fernández), hemos ampliado el abanico de posibilidades para el
resultado final de nuestros caldos.
Por ello, hemos tenido que hacer un
ejercicio de imaginación (guiado por la experiencia y la cata, claro) para
definir por un lado qué vino queremos, y para predecir qué aportaría cada
barrica a cada vino. De esta manera hemos tomado la decisión de aprovechar este
momento del trasiego para pasar la partida de vino que tiene más estructura
(más cuerpo) a una barrica nueva , para que asimile los aportes de la madera equilibradamente,
sin perder el carácter frutal y fresco; es decir, "que la madera no se coma al
vino".
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| Será por limpieza... |
Pues con esos
objetivos nos metimos un sábado entre pecho y espalda, vaciando depósitos,
llenando tinas, lavando barricas, lavando depósitos,…





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